Ni las lágrimas interminables de una familia que nunca estuvo acostumbrada a pérdidas tan trágicas. Ni la culpa interminable de disfrutar de litros del mejor té que ya probé en mi vida, una sensación absolutamente inadecuada para la situación en que tu te encontrabas. Ni las sonrisas de tus sobrinas, y del sobrino que aún no ha llegado, que sería tan más frecuentes si tu las pudieras ver de cerca. Lo que me sigue conmoviendo desde aquel 17 de marzo interminable es la visión de tus mejillas rosadas, perdiendo gradualmente el color con el pasar de las horas de aquella madrugada interminable de viernes para sábado.
Estaban rosadas el día en que saltábamos desde tu litera y tu te caíste encima de mí. Pero, aunque eras mucho más grande, fuiste tu que rompiste el brazo y, cuando volviste del hospital, fuiste tu también el único punido por nuestro juego. Alguien dijo en tu funeral que esas cosas solían pasar contigo, que tu siempre te caías de cabeza hacia abajo. Querían comprender porque eras tu en aquella caja aquella noche, con margaritas en tu alrededor. A la gente le apetece mentir en voz alta cuando solo pensar ya no les basta.

Cuando te enfadabas, el rojo se poseía de tus mejillas. A mí, me encantaba enfadarte. Robarte el control de la televisión justo cuando el periodista hablaría sobre el Corinthians. Siempre ganar el primer trozo de tarta de chocolate que tu madre hacía para la merienda de la tarde. Tu eras el hijo menor, pero yo era la ahijada que vivía lejos. Yo ganaba el primer trozo, mitad de la cama de tu madre y el baño mayor. Tu solo podías protestar sin éxito. Y colorir tus mejillas de rojo. ¡Cómo me encantaba enfadarte!
Y ¡cómo te encantabas enfadarme! Mis tardes tranquilas de lectura de El Jardín Secreto y Diario de Zlata que nunca se cumplieron porque tu querías, tu tenías, que jugar un partido de baloncesto. Insistió hasta que tus mejillas se quedaron violetas para que yo aceptara jugar con el mini cesto detrás de tu puerta y el mini balón que casi te rompe el ordenador. A la falta de un árbitro, la regla era la ausencia de reglas. Tu cuerpo casi dos veces mayor me ganaba con un abrazo, pero al final, me diste como premio por soportar tanto abrazo la gorra de los Mighty Ducks. Aún la tengo guardada.
Por suerte el ordenador estaba intacto para nuestras nada tranquilas tardes buscando gente con quien charlar en la BBS. ¿Te acuerdas de aquella chica con Síndrome de Down? Cuando el módem rechazaba nuestras tentativas de conectar con el mundo externo, no pasaba nada. Creábamos nuestro propio programa de radio – CesarPan – y grabábamos la sintonía usando una versión de The Eye of the Tiger. Y tocábamos el mejor CD de los Smashing Pumpkins, leyendo todos los milímetros del encarte.
Dentro o fuera de casa, todo era razón para rosear tus mejillas. Estrenamos juntos la pista de BMX en el complejo polideportivo. Tu, yo – y mi camiseta rosa clara con dibujo de zapatillas de ballet. Que volvió a casa marrón oscura con dibujo de lama y marcas de rodas de bicicleta. Pero no pasó nada – nunca pasaba – ya que tu me diste una ducha de manguera cuando tu madre nos mandó limpiar las bicis.
Mientras mi hermana menor dormía y mi hermana mayor quedaba con tus hermanos y nuestros primos, yo bebía té, me sentía culpable y pasaba, a menudo, cerca de ti. El rosado se desvanecía lentamente durante la noche que nunca terminó. Alguien me daba algo de trigo para comer. Despiértate. Me llevaban a una salita para dormir. ¿Qué paso con tu mano? ¿Qué herida es esa? Me enviaban a la casa para buscar abrigos. ¡Despiértate! Yo siempre volvía. Volví hasta que el rosado ya se había ido. Las mejillas más blancas que las margaritas. Melancolía y la tristeza infinita.