El hombre de las reglas y su zona de confort tienen límites claros como la tarde de sol que te acompañó durante aquel viaje en coche cuando aún creías que lo podías soportar: Se prohíbe el toque físico en público. Por cierto, cuanto menos contacto entre pieles, no importa cuál sea el tamaño de la audiencia, mejor. Se permite cenar si la cena consiste en las galletas de siempre, y ni se te ocurra inventar otro plan. La concentración debe tener prioridad sobre los sentimientos y no se aconseja saltar la normativa metodológica, aunque el nivel de drama de una situación no puede ser controlado.
Pero al niño dicen las almas bien intencionadas que merece una oportunidad de cambiar las reglas. Nunca ha pasado por eso y no sabe muy bien qué hacer. Ser listo es un privilegio que los menos limitados moralmente usan con selectividad. Y luego te das cuentas que no son las reglas del hombre de las reglas que se las han saltado.
Son las tuyas, las que criaste tras años de experiencias malas, porque de las buenas no se aprende nada. Tu regla de más sol y menos problemas se la paparon con gusto, pero la digirieron y la defecaron mientras el solsticio de verano se alejaba. Tu regla de fijarte en quien gustas y olvidarte el resto fue sutilmente borrada día tras día, semana tras semana de silencio y breves gestos de rechazo disfrazados de postura profesional. Fuiste engañada, porque no le gustas y no hay “lo sientos” suficientes en el mundo capaces de hacer brotar el cariño de la nada.
Tardaste en darte cuenta de que te hicieron una trampa y te la papaste como una niña de 15 años. Presa en un noviazgo adolescente, una relación cada vez más virtual y menos real. Ya no te acuerdas de cuando fue real, y no te sorprendería que un día descubrieras que la respuesta es nunca.
Porque nunca las reglas del hombre de las reglas han movido siquiera un milímetro hacía la mitad del camino. Y siempre supiste que las relaciones que viajan por calles de sentido único nunca llegan a cualquier sitio.