Estoy lista para África. Bueno, he estado lista para África desde que volé por encima de un enorme territorio naranja en el 2005. Pero ahora tengo lo que necesito para que me dejen pisar en desgastado suelo africano: el billete de un vuelo que de hecho aterriza allí, la cartilla internacional de vacunación debidamente estrenada con una vacuna que me vale por diez años, pero no ese viaje, y el repelente para situaciones extremas. Dejaré como sugerencia que se adopte como requisito obligatorio leer este texto antes de embarcar.
Me voy a Cabo Verde unos cuantos años después que Darwin, aunque no tendré tiempo para explorar la biodiversidad como lo hizo él. Me voy a trabajo. Y por cierto, me encanta mi trabajo.
Estos días he tenido más frío que una sudamericana ya adaptada y armada de un radiador portátil suele tener. Supongo que sea la idea de que pasaré una semana entre los 20 y los 30 grados centígrados y completamente, seguramente, decididamente, sin la compañía de precipitaciones del cielo. Pero sí me acompañan mis colegas de trabajo, a quienes solo he conocido hasta hoy por sus impresionantes esfuerzos para trabajar de maravilla con tan pocos recursos.
Irse a África mete a cualquiera en una nueva perspectiva. Digo yo. Por ahora.